Una pregunta que debiéramos hacernos quienes trabajamos en organizaciones es: ¿ nuestra organización es capaz de aprender de forma continuada? Si partimos de la base que una organización pude definirse como un sistema de proceso de información, que es capaz de aprender a aprender, entonces esta es una pregunta que no podemos soslayar. Evidentemente es muy difícil responder a esta cuestión de una manera abstracta, porque la capacidad de aprendizaje varía entre una organización y otra. Sin embargo, podemos decir que, para lograr generar un proceso de aprendizaje continuo, es necesario seguir una serie de operaciones básicas como: percibir, registrar y controlar el entorno; comparar esa información con las normas de operación vigentes; iniciar acciones apropiadas para la corrección de la situación en cuestión.
Teniendo en cuenta esto, podríamos distinguir dos experiencias diferentes de aprendizaje, una que se centra en la habilidad de detectar y corregir errores y, por otro lado, un tipo de aprendizaje que es capaz de obtener una visión amplia, que va más allá de las situaciones particulares, siendo capaz de cuestionar las normas de operación.
Para conseguir hacer funcionar ese bucle de aprendizaje, esta última experiencia suma un paso más: está capacitada para cuestionar las normas de operación, hecho que lleva al fracaso de muchas organizaciones que se basan en sistemas burocráticos y rígidos (aunque también pueden observarse en organizaciones no burocráticas). Estos tipos de sistemas obstruyen los procesos de aprendizaje porque imponen formas fragmentarias de pensamiento, tanto de sus empleados como de las estructuras de departamentos (si es que las hubiere); el conocimiento no circula de forma libre puesto que debe amoldarse a las jerarquías y los objetivos de los subgrupos, ignorando el funcionamiento del todo; cada miembro de la organización debe mantenerse dentro de sus tareas y funciones, poniendo en práctica lo que se denomina “principio de responsabilidad burocrática”, que tiende a premiar el éxito y a castigar el error haciendo que muchas veces se oculten los fallos para no colocarse en una posición desfavorable.
Normalmente estos problemas tienden a ‘resolverse’ con retórica organizacional, intentando convencer de que todo está bien y que se posee la capacidad para hacer frente a las situaciones adversas. No obstante, si queremos atravesar la mera retórica, se requiere trazar un puente entre la teoría y la realidad, que permita cuestionar los valores y normas inmersas en las teorías de uso. La nueva filosofía de la gestión requiere afianzar el desarrollo organizativo en algo que es básico en la historia de la filosofía: generar procesos abiertos de preguntas, lo que permite estar abiertos a los cambios internos y externos de la organización; poder cuestionar suposiciones operativas; ser capaz de reflexionar sobre nuestras acciones, proyectarlas y observar si son sostenibles. La filosofía, aunque es vista por muchos como un bastión de la academia, ha desarrollado durante siglos esta habilidad de preguntar y ofrece una guía racional que es primordial para el funcionamiento de cualquier organización.
Filoempresa: Godofredo Chillida+Gabriela Berti.