La universidad española necesita un cambio. De lo contrario, no abandonará el siglo XX. Precisamente en este año que empieza, la Educación Superior española ha de afrontar uno de los mayores retos que se le han planteado nunca. Si en los últimos años de la dictadura se inició un proceso de modernización y popularización de la universidad, ahora es el momento de abandonar una estructura anquilosada y hacer frente al siglo XXI.
En 1970, la Ley Villar Palasí inauguró un proceso de transformación básico en el modelo de Educación Superior español. Dicho proceso se consolidó en 1983 con la Ley de Reforma Universitaria. En apenas dos décadas, la universidad española adoptó autonomía, organización y sentido propios, al tiempo que el alumnado creció hasta configurar la conocida como 'universidad de masas' propia de la década de los años 90 del siglo pasado.
Hoy, en 2009, ese modelo debería ser pasado. Sin embargo, la estructura universitaria todavía se mantiene en un marco constituido según las bases asentadas hace ya tres décadas. Las distintas reformas universitarias que se han llevado a cabo no han sido capaces de abordar un cambio estructural que responda a las necesidades de una sociedad propia del siglo XXI.
En un año en que los cambios que ha de afrontar España en su sistema de Educación Superior van a ser cruciales -a partir de 2010 debería haberse implantado el sistema emanado del llamado Proceso de Bolonia-, desde CAMPUS consideramos que es necesario plantearse una reforma integral de la universidad española.
Por eso hemos consultado a los mayores expertos para que hablen de los 10 puntos calientes que han de modificarse. Si queremos que el cambio promovido por Bolonia no suponga una nueva muesca en la lista de acciones fallidas en la Historia de la Educación española, resulta conveniente tomarse muy en serio la oportunidad que surge con todo el proceso de convergencia europeo.
Movilidad, internacionalización y captación de recursos son algunos de los puntos a abordar con Bolonia, pero hay otros de vital importancia como los sistemas de Gobierno, la rendición de cuentas o las metodologías educativas que también han de ser atendidos con un único objetivo: conseguir que la universidad española se sitúe a la vanguardia de la sociedad en la que se integra.
«En los próximos años, las universidades que quieran ser innovadoras y referentes en formación e investigación deberán acometer reformas organizativas relevantes. Se deberá reforzar la conexión entre la formación de posgrado con las líneas y grupos de investigación, especializando y singularizando las universidades en unas pocas áreas de excelencia internacional. El reto principal es combinar adecuadamente la necesaria autonomía universitaria, el liderazgo académico y la eficiencia y eficacia en la gestión.
En este sentido, el desarrollo de escuelas o centros de posgrado puede ser una clara línea de desarrollo. También cobrará gran relevancia la cooperación interuniversitaria, tanto en el territorio como a escala internacional, y con los demás agentes sociales, económicos e institucionales. Desde los gobiernos se deberían favorecer más incentivos para facilitar los proyectos de colaboración entre universidades que generen iniciativas de alta calidad, complementariedad y economías de escala. Las universidades públicas catalanas trabajamos ya en esta dirección con el proyecto conjunto de la Universidad de Cataluña y bajo la orientación del 'Libro Blanco de la Universidad de Cataluña,' publicado recientemente.»
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