El tutor lee uno a uno el nombre de los alumnos de su grupo, esperando del resto de profesores que asisten a la sesión de evaluación alguna reflexión interesante, una explicación breve de porqué esa calificación y no otra, o un sencillo comentario que le ayude en la entrevista que mantendrá con los padres el próximo martes.
A mi derecha, ajenas a la cuestión que se trata, y desatendiendo las sucesivas peticiones de silencio que se realizan, tres compañeras debaten animadamente sobre cuestiones personales, con pequeñas incursiones en el terreno de la moda y algún asunto dietético de interés de cara al verano.
A mi izquierda, dos compañeros más se entretienen en un tema que imagino divertido, porque de cuando en cuando se les escapa una risa leve que a duras penas consiguen disimular.
Alrededor de la mesa, otros profesores esperan su ocasión para componer algún chiste, o ensayar alguna frase graciosa referida al alumno que se evalúa, su comportamiento, actitud, o dificultad para aprender.
Cuando lleva leídos siete u ocho nombres, y harto de que se le niegue la colaboración que solicita, el tutor pierde toda esperanza, le cambia el ánimo y el gesto, entra en una especie de trance que le aísla del entorno, y se acomoda a una rutina que le lleva a pronunciar sin fuerza el nombre de otro alumno, ¿algo que comentar?, entonces qué digo a los padres, ¿nada?, pasamos al siguiente.
Hay ocasiones, sin embargo, en las que se pronuncia un nombre que atrae la atención de todos; esto, que sería lo deseable, es en la mayoría de los casos lo que más temo.
Y así, mientras cada cual atiende sus cosas, se llega al final de la lista, y concluye la sesión. Un curso más, nuestros alumnos han sido evaluados, sancionados, marcados, convenientemente etiquetados.
Etiquetas:
Compartir
¡Necesitas ser un miembro de Aula en la red para añadir comentarios!
Participa en esta red social